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Rodolfo Izaguirre vive y revela

El pasado 21 de julio, en el marco del Festival Internacional de Música Contemporánea Atempo en Corpbanca, Rodolfo Izaguirre, referencia obligada en materia de cine nacional e internacional, y director por muchos años de la Cinemateca nacional, ofreció una conferencia haciendo honor al lema de la Jornada de ATempo y que no era otro que !Vivencias y revelaciones¡.

 

Si bien el texto completo de esta conferencia dictada por Izaguirre está circulando en Internet, y son varios los portales que la publican en toda su extensión, yo voy a tomarme el atrevimiento de destacar algunos pasajes  que me parecen, además de interesantes por el tema tratado, de una sencillez para explicar nuestra historia contemporánea, que es imposible no querer  compartir algunas partes de la conferencia y hacer observaciones propias.

Rodolfo Izaguirre cuenta que su  vida es una muestra palpable de la terrible contradicción de este país, y es que en lo personal, se considera un hombre moderno; hombre de cultura; de ideas avanzadas y progresistas pero que vive en la confusión y en la incertidumbre de un país que tarda en encontrarse a sí mismo. Izaguirre aclara que  “era apenas un niño de cinco años cuando Juan Vicente Gómez cometió, como dice Manuel Caballero, el único error que no se le está permitido a ningún dictador: el de morirse. Y como ha ocurrido con todos los caudillos y dictadores civiles o militares que han sido y continúan siendo en la historia venezolana y gustan apadrinar el autoritarismo invocando el nombre de El Libertador también el Bagre había convertido a Bolívar en cómplice suyo al punto que se le antojó morirse el día y mes en que murió Simón Bolívar.

Los enfermos y desilusionados huesos de Bolívar sólo sirven de amuleto a los gobiernos que utilizan su nombre para amparar o justificar sus desmanes y despropósitos”. Todo lo anterior es genuina expresión de lo dicho por el escritor y periodista en esta conferencia sobre sus vivencias. Si nos dedicamos unos minutos a releer estas palabras, podemos resaltar que todos los que se sienten llamados y tocados por el genio de Bolívar, aunque no lo sean ni remotamente, dicen llenarse de ese espíritu que fue El Libertador, y peor aún, quieren ser como el prócer, morir como él, aunque sea en la misma fecha, o desenterrar sus huesos para  llenarse del alma inmortal del Padre de la Patria y decirle, en petit comité, sólo yo puedo seguir tu legado.

Como testigo de una época, Rodolfo Izaguirre resaltó cómo al conocerse la muerte del tirano, de Gómez – por si acaso -,  los tumultos  se produjeron en Caracas y los saqueos a las mansiones de los más connotados gomecistas hicieron que sus hermanos trajeran a casa,  muebles y toneles de vino español. “Aquel fue un momento único e insospechado porque a los cinco años y través de las celosías de las ventanas vi a una gente muy alborotada que si bien estuvo callada y aterrorizada durante 27 años estallaba ahora convertida en protagonista de su propia historia. Rafael María Velasco era objeto de un profundo resentimiento popular y su casa, al igual que otras casas de gomecistas notorios, fue saqueada y tuvo que abandonar el país en febrero del 36 para morir 12 años más tarde en el exilio de Costa Rica”, semejanzas con lo ocurrido a la caída de Pérez Jiménez, con saqueos a las casas que los miembros del Gobierno tenían en El Paraiso, o Los Palos Grandes parecieran pura casualidad, pero creo que no lo son. Así que debemos recordar que cuando ves las barbas de tu vecino quemar …, a buen entendedor. 

En ese discurso de un pedagogo e historiador como Rodolfo Izaguirre, el relato sobre sus vivencias nos llevó a los años cincuenta del siglo 20, cuando se inició en Caracas una avasalladora búsqueda de la modernidad. “Bajo el terror político que impuso la dictadura perezjimenista, con sus persecuciones y torturas, Caracas conoció, sin embargo, un acelerado fervor renovador y se expandió hacia el Este. El Nuevo Ideal, como se autodefinió la “ideología” de aquel régimen militar, impulsó un proceso de modernidad que se resquebrajó bruscamente a partir del 23 de enero con la caída de la dictadura. Tanto los socialdemócratas como los socialcristianos, pretendiendo sancionar al dictador, detuvieron el proceso renovador por considerar que se trataba de una “pesada herencia de la dictadura” y en cierto modo “castigaron” aquella renovación urbana y arquitectónica que hizo posible la célebre afirmación del arquitecto milanés Gio Ponti cuando vaticinó que Caracas estaba destinada a ser no sólo la capital mundial de la arquitectura moderna sino la más bella ciudad moderna del mundo.

El sistema vial, y duele decirlo: las grandes obras se hicieron durante el perezjimenato. Aquí es importante recordar una de las grandes diferencias entre los gobiernos militares de derecha y los de izquierda, y esto puede generar roces y ronches, que le vamos a hacer: En las dictaduras militares de derecha se buscan inversiones para construir cosas, hacer obras, dejar huellas concretas, sin dejar de lado el aspecto económico y de corrupción en un estado que atrae capitales. En las dictaduras militares de izquierda, el Estado controla todo, se acaba la inversión privada, y es el régimen el que administra todo el que lo controla todo, no es que no haya inversiones, pero la corrupción es más grande y, lamentablemente, no alcanza para construir y dejar huellas tangibles, sino  para inculcar odio y resentimiento contra aquellos que tienen medios, poniendo la lucha de clases por encima de cualquier otro propósito de mejoría de un país, y a la sombra de los verdaderos nuevos ricos, que, o casualidad, generalmente, son los relacionados al Gobierno, ese que se dice amante de la igualdad social.

Para Izaguirre, el militarismo es “como una maldición que gravita sobre Venezuela”, y relató que siendo adolescente, vivió cómo el país perdió nuevamente el equilibrio y se desplomó sobre la República el fascismo ordinario de otro militar: “Marcos Pérez Jiménez: una circunstancia que pesó sobre mí y sobre toda una generación. Quienes estuvieron conmigo en el grupo literario Sardio (Adriano González León, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Elisa Lerner, Luis García Morales, Gonzalo Castellanos) y los que se agruparon en Tabla Redonda, el otro movimiento literario de los años sesenta: (Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Jesús Sanoja Hernández, Jesús Enrique Guédez, Ligia Olivieri, Fernandez Doris, Dario Lancini, que murió recientemente), detuvieron y postergaron durante diez años sus procesos creativos. Tuvimos que esperar una década y en algunos de nosotros un tiempo mayor para que unos y otros comenzáramos a producir y revelar los frutos de nuestra actividad creadora. Las ricas aunque difíciles vivencias acumuladas antes y durante el perezjimenismo tardarán años en revelarse a través de la literatura o las artes plásticas”.

Relata el escritor, e historiador que en esos 10 años, “escribió Sanoja, apenas si Adriano González León y Juan Calzadilla y a última hora Guillermo Sucre, tuvieron la oportunidad de publicar notas en el “Papel Literario”; modo de “haber mantenencia” más que la expresión de lo que llevaban por dentro. Los otros eran unos desterrados en el sentido radical de la palabra, o unos sepultados por el cataclismo. Rafael Cadenas, en la poesía, necesitó rebasar los treinta años y su primer libro importante se titula precisamente “Cuadernos del destierro”. Salvador Garmendia, en la narrativa, llegó a esa edad sin haber escrito más que libretos radiofónicos. A Zapata, nadie lo conocía. Anibal Nazoa, a quien estaba reservado escribir la novela fantástica de Venezuela, el esperpento o el grottesco de la violencia, reventó, en su estilo de humor trascendente, ya traspuesta la treintena”.

Hoy, a sus ochenta años, y en lo que él mismo considera “el término y final de mi propio futuro”, Izaguirre mostró su “furiosa tristeza”, según palabras de él, por aquel país que avizoró, y que creyó  estar construyendo “un país al que aspiraba moderno y vigoroso; libre, rico, sensible y culto se asfixia en la hora actual en la mediocridad de una cultura cuartelaria; se hunde en la pobreza y en la confusión; se dilapida; se desgarra civil y moralmente; erosiona el lenguaje; se degrada desde el poder asaltado por un autoritarismo militar que se alimenta de sus propios abusos, corrupción y procacidad. No otro es el país que padecemos en los inicios del siglo 21, testigos como somos de la aniquilación de la democracia”.

 Al igual que nos pasa  a muchos que aún vivimos en Venezuela, Rodolfo Izaguirre se considera exiliado en su propio país, “apartado, excluido, postergado y ofendido sólo por defender mi derecho a disentir. A no estar de acuerdo con muchas de las decisiones tomada desde el poder político y, aun menos, desde el organismo que se ocupa de los bienes culturales. La ofensa mayor que recibo es la de ser acusado de fascista justamente por quienes creen no serlo desde un absurdo contubernio cristiano-marxista. Porque nada es más cercano al fascismo que la ultraizquierda o la llamada izquierda autoritaria; nadie más parecido al héroe mesiánico o revolucionario que el tirano que aprieta y sojuzga”, palabras con las que muchos en esa sala de Corpbanca, y quienes lean estas vivencias, se sintieron solidarios y reflejados.

 Aseguró que “me es lícito, reiterar y enumerar mis recelos: desconfío de la palabra fácil y las promesas de los políticos que luego en el poder se transforman en seres autoritarios y perversos. Me aterran por eso los Mesías, Enviados, Salvadores y Revolucionarios que tratan de emular las pasadas hazañas de algún héroe local porque se ocultan en ellos rencores sociales que, cuando asaltan al poder, destruyen los alcances, logros e instituciones existentes. Recelo de los nacionalismos porque cierran las puertas y ventanas y asfixian a los países. Desprecio a los censores; abomino de los que delatan; rechazo a los que pontifican agitando el dedo índice; a los que se empeñan en afirmar que no son moralistas; a los que se comprometen a investigar las atrocidades derivadas de la propia perversión del poder y, al decirlo, mienten con descaro”, mejor dicho imposible, tristemente, una realidad, a la que, al igual que Izaguirre, muchos se sienten con derecho a criticar, porque eso no nos lo puede quitar  nadie.

Otra de las grandes verdades de esa noche, fue cuando Rodolfo Izaguirre, a sus 80 años, dijo que “desconfío de los que pronuncian la palabra “Patria”, porque generalmente son quienes más crímenes cometen invocándola. !Apoyo a quién dijo que el mayor acto de patriotismo consiste en decirle a tu patria que está comportándose de forma deshonesta, estúpida y malévola¡, Me alejo también de los dogmáticos, de los fundamentalistas y obsesivos; de los que pregonan la pureza de sus actos administrativos y abomino de la justicia cuando la veo sonreída y entregada al poder político o temblando ante el uniforme militar”.

Como un mensaje a García y a todas las generaciones, Izaguirre nos dijo que: “No nos merecemos tanto oprobio como tampoco se lo merece la República. No lo mereció mi infancia sojuzgada por el tenebroso laconismo del tirano Gómez tan en contraste con la insufrible e inagotable verborrea del actual presidente venezolano; tampoco lo mereció mi juventud bajo el autoritarismo militar de Pérez Jiménez y mucho menos esta hora mía, senil, brutalizada por un lenguaje presidencial tosco y de cuartel tercermundista”.

Recordó, que “después de Pérez Jiménez el país vivió casi cuarenta años de cultura democrática pero en sobresalto, en una angustia permanente. El fantasma del caudillo -civil o militar – no ha dejado de acosarnos. Durante el largo período democrático conocimos a dos de ellos: Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez con el agravante de que sus respectivos partidos o, mejor dicho, los “cogollos” de sus partidos, también aprendieron a serlo. Tan caudillos fueron que nos precipitaron al abismo donde seguimos cayendo. Nos quejamos de la pérdida cada vez creciente de nuestra calidad de vida pero creo que deberíamos pensar también en el empobrecimiento de nuestra condición humana”.

 Estos son tiempos de miedo, terrores que a diario nos atacan y que, para Izaguirre se refieren a los estados de ánimo del caudillo, el miedo que da pasar por una esquina de la Plaza Bolívar; el de cruzar la calle y coger la otra acera cuando vemos avanzar hacia nosotros al policía o miado al toparnos con un grupo de muchachos violentos e irrespetuosos. “El no saber si regresaremos a casa. La degradación moral y la miseria humana. El miedo a los motociclistas, a las clínicas colapsadas, a los hospitales contaminados; a los alimentos descompuestos de Pdval como trágica metáfora del otrora jactancioso país petrolero convertido hoy en un gigantesco animal podrido bajo el sol”.

Y como hombre del arte, de las letras, el mayor miedo que reconoce Rodolfo Izaguirre en la actualidad es el “que se engendra desde el poder político: el miedo a opinar, a expresar libremente nuestras ideas a riesgo de podrirnos también en una cárcel mientras los jueces miran hacia otro lado. Y el más perverso y ominoso de todos: el de autocensurarnos por temor a un castigo del que no atinamos a calcular su peso antes de que nos golpee. Callar, obedecer por temor, mutilarnos el alma”.

Estos es parte de una extensa, y a veces meteórica ilustración de las vivencias de Rodolfo Izaguirre, que, por suerte, pude vivir y comentar como una de mis Visiones Particulares.

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Una respuesta

  1. Extraordinariamente genial

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