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Comprar y vender cachivaches puede ser un intercambio de historia


Si quieren pueden leer este artículo escuchando una melodía de la infancia, bueno de algunos.

El Autor es el mexicano Franciso Gabilondo Soler, mejor conocido como Cri – Cri

En algún momento de nuestra vida, todos hemos tenido la necesidad, o el deseo, de vender cosas que guardamos en nuestras casas. Incluso, muchas personas llegan a comprar cosas porque se parecen a las que tenían cuando “niños”.

Comprar cosas y atesorar recuerdos físicos puede llegar a ser una enfermedad, conocida como “El Síndrome de Diógenes”. Este padecimiento se caracteriza por el total abandono personal y social y por el aislamiento voluntario en el propio hogar, acompañados en muchos casos de la acumulación de grandes cantidades de dinero o de desperdicios domésticos.

No pretendo entrar en los problemas del exceso de comprar y mantener en casa cosas como periódicos viejos, revistas del tiempo de “María castaña” o estampitas de béisbol, o botellas antiguas.

Este relato urbano se refiere a la acción que llevan hombres, mujeres y hasta jóvenes, todos los primeros fines de semana de cada mes, cuando se reúnen en la planta alta del mercado municipal de Chacao en un “Mercado de Las Pulgas”.

Por esa curiosidad típica que quienes, en muchos casos, no tienen oficio, o que, precisamente su oficio es ver las cosas más disímiles, decidí ir a esta venta de antigüedades y ver por mis propios ojos lo que allí sucede.

Al llegar al mercado municipal de Chacao, lo primero que nos recibe es la algarabía propia del mercado, y eso que era ya casi medio día del sábado. Venta de carne, pescado, pollo, y cualquier otro tipo de alimentos perecederos está en ese primer piso. Al subir al segundo se observan especies, granos etc.

Por fin, ya en el tercer piso, que es donde está el objetivo de este escrito, se ve  el mercado de antigüedades y objetos varios. Uno no se pierde porque en cada  nivel hay bonitos letreros, hechos con azulejos, que le indican hacia donde debe dirigirse.

Como estaba diciendo, al llegar  al tercer piso – no puedo dejar de decirlo – se experimenta una pequeña desilusión, porque uno espera ver   una zona más grande para la venta de los artefactos, enseres, y demás cachivaches, algo así como eran las ventas, haces años, en el estacionamiento de la UCV, desconozco si eso se sigue haciendo.

Superada la primera impresión, se entra en la sala de venta y comienzan los recuerdos a llegarle a uno. Una mesita que se parece a la que había en casa de la tía Inés; un reloj en forma de barco de vela con lámpara, que se parece a la que estaba en la sala de la casa, o aquellos teléfonos de disco que tanto sirvieron para comunicarnos en tiempos remotos. Incluso algunos teléfonos de los años 80, que eran blancos y había que levantarlos para marcar, pues el disco con los números estaba en la base del aparato.

Si uno camina más allá se encuentra toda una suerte de limpieza de garaje o de buhardilla y se puede tropezar con las botellas de refrescos y cerveza que ya no existen en ese modelo. Una Polar de color verde y con el tamaño de un litro, conocida – por los que vivieron en esas épocas – como  “Jarra”.

También los dulces están presentes, principalmente conservas, de coco, los aliados, acemitas, y cualquier cantidad de cosas ricas y tradicionales se pueden comer, y para beber, nada mejor que té frio o guarapo de papelón. Los precios desde 5 bolívares. En la entrada del “Mercado de las Pulgas”,  también venden tortas, empanadas, pasteles, así que hambre no se pasará.

También es posible ver en este pequeño local – que no son más que mesas donde se colocan todas las cosas y las que no caben van al piso – placas antiguas de carros, las de color azul, implementos fotográficos, propios de un mueso, pero que en su momento representaban lo más adelantado de la tecnología.

Más allá se pueden ver artículos domésticos, asistentes de cocina, cafeteras, y un largo etc que en muchos casos están nuevos, porque fueron producto  de   algún regalo de bodas que nunca se usó, o se compró en un viaje, por la novedad y modernidad del aparato, y, al final, se uso poco, y se llevó a la venta.

Entre estas cosas viejas, antiguas y usadas que uno encuentra, también hay cosas nuevas, ropa, y accesorios elaborados por las propias artesanas que encuentran en estos espacios un lugar seguro para vender su mercancía

Para los más pequeños también hay cosas de comprar, como un caballito de madera, que estaba en buenas condiciones, o juguetes de las diversas colecciones de McDonald´s y hasta Gi Joe o muñecas Barbie, pasando por cuentos infantiles, ropa, platos, jarras, cunas, etc.

Curioseando entre estas cosas que evocan una época, me encontré a mi amigo Hugo Santaromita, quien no estaba comprando, sino vendiendo algunos elementos de su apartamento, porque, como muchos otros, decidió irse del país y emprender rumbo en otros horizontes más provechosos.

Hugo me contó que los espacios cuestan 600 bolívares por el fin de semana y el “montaje” de la escenografía a vender, se realiza el viernes, para que el sábado no se interfiera ni con las actividades propias del mercado municipal, ni con las de la venta de antigüedades.

Si es un negocio vender o no parte de lo que nos sobra en las casas, que siempre sobran cosas, no lo sé, y cada quien tiene su propia experiencia  y vivencia. Algunos consultados dijeron que si daba para recuperar el pago del espacio y quedar con alguna ganancia, otros, menos afortunados, consideran que todo depende de las cosas que se estén vendiendo, y también, de la forma cómo las vendas.

Lo que sí se puede resaltar de esta actividad es que muchas personas van a recordar viejas épocas, a ver qué se pueden llevar y rememorar esos tiempos pasados, incluso van a pasear en familia, al fin y al cabo, es gratis para el visitante y es techado.

Por si alguien quiere saber, no compré nada, pero me quedó la inquietud de si vender aquellas cosas que formaron parte de nuestra historia familiar, no es una manera de perder nuestra memoria, nuestra identidad como pueblo, como sociedad. Afortunadamente, y antes de que alguien pueda sugerirlo, el vender y comprar objetos con historias familiares, puede ser también una manera de empezar nuevas anécdotas, historias que pueden entrelazarse y que pueden llevarnos a otras épocas  que nos traigan mejores recuerdos, o más vívidos.

Tal vez el vender antigüedades y cachivaches de nuestras casas no sea sino el próximo paso en la desintegración de nuestros patrimonios. Las respuestas pueden ser muchas y pocas, todo depende de nosotros, o al menos así es mi Visión Particular de este tema.

 

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Una respuesta

  1. Excelente reportaje. Exactamente qué día es el mercado y en qué parte de Chacao

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