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Ley de Sangre

(Relato políticamente incorrecto)

Tenía dos horas con el ojo en la mira del revólver. Un Magnum 44, como el que usaba Clint Eastwood – en Harry el sucio – por lo que el que intentara pasar la cerca de alambres de púas sería un blanco fácil.  Una sola bala bastaría para hacer sentir que mi arma era una extensión del poder de Dios en mis manos.

El barrio Clavo de Madera no es de los más seguros de esta ciudad. El principal problema aquí es la falta de agua, porque en estos momentos tenemos 23 días sin ese líquido.  Imagínense sin agua para beber, o para bañarse, con ese sol que llegaba a los 40 grados, la sensación es tan desagradable como saber que los últimos litros de agua están encerrados en un tanque rodeado de la cerca de púas, y yo soy el que debe vigilar que nadie se acerque.

Así que ahí estaba yo, 32 años, egresado de la escuela Técnica de repostería, cuidando con mi Magnum 44 aquella esperanza metida en una lata alta, vieja, oxidada, que si no fuera por el alambre que la rodea nadie se fijaría en ese latón dejado de la mano del creador.

Listo, alguien se acerca a la alambrada. Es una mujer, no muy alta, diría que debe medir como 1,60 centímetros. Es de cabello negro y viste un mono de color caqui, como el que llevamos todos en este barrio.

En el rostro de esa mujer se nota la necesidad de tomar agua,  aunque debe saber lo peligroso que es acercarse a esta zona.  Ella como que no sabe que todo el lugar está bajo mi protección y de otros, que como yo,  cumplimos nuestros turnos con precisión militar.

No hay remedio, debo cumplir mi deber, por eso me pusieron aquí. La misión es clara: defender el agua de cualquiera que osara acercarse. Eso lo tenía claro pero, ¿tenía derecho a dispararle a aquella mujer, solo por el hecho de que tenía sed?

Las dudas comenzaron a dar vueltas en mi cabeza, y el sol de la tarde era tan intenso que el sudor que se formaba en mi frente bajaba por mi cara cayendo  al suelo en tal magnitud que hubiera bastado para saciar la sed de una familia entera.

La mujer se acercó aún más a la cerca de púas, no hay marcha atrás, debo detenerla.  Sin pensarlo mucho disparé.

El fuerte ruido del arma al soltar el proyectil hizo retumbar todo el barrio, a esa hora nadie estaba en la calle, había que respetar el toque de queda, así que ningún testigo estuvo presente para ver cómo la bala entraba velozmente en la cabeza de la mujer.

Bastaron pocos segundos para que el proyectil de mi Magnum 44 hiciera blanco  y comenzara a salir chorros de sangre roja de ese cráneo.

Vi a la mujer vestida de mono – color caqui  – y cabello negro caer de rodillas y la sangre espesa, roja, comenzó a teñir sus ropas,  mientras el rostro de la mujer quedaba entre sus cabellos negros y sus brazos formaron una cruz. Definitivamente mi madre estaba muerta. ¿Quién la mandaba a querer  tomar agua mientras está mi guardia?, es que la Ley entra por casa.

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