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El cambio de roles como proceso de liberación

(A propósito de “Las Criadas” de Jean Genet)

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Clara y Solange son hermanas. Solange es la hermana mayor y Clara la menor.  Ellas se aman y se odian. Las dos sirven a su ama, a quien aman, pero también la odian. La Señora es la ama de la casa,  pero también es falsa porque simula sentimientos y actitudes hacia sus criadas, hacia su marido. Lo cierto es que  nadie se desenvuelve en un plano de realidad consistente y tangible.

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Este juego dentro del juego, o teatro dentro del teatro, es un ritual, que ejecutan noche a noche las criadas, situación que les permite  mantener sus relaciones – siempre ficticias –  con la Señora, donde crimen y santidad van de la mano.

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Esta confusión de personajes, y sentimientos es lo que ofrece el francés Jean Genet en su obra – de 1947 – “Las Criadas” y que el Centro de Creación Artística TET, en el marco de su 40° aniversario,  estrenó en la sala Luis Peraza de la urbanización Valle Abajo.

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Con las actuaciones de Mónica Quintero, como Clara;  Jariana Armas, como Solange;  y Lya Bonilla, representando a la Señora, la pieza, dirigida por Guillermo Díaz Yuma, muestra los estereotipos sociales, los personajes marginados, pero lo principal, es que pone en evidencia la imaginación del ser humano en su intimidad.

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Al principio vemos a la Señora, y su trato con la servidumbre, una relación de odio, de desprecio  – con reiteradas muestras de asco hacia la condición social de quien está al cuidado de la casa – con largos textos sobre el olor que despide la criada y la repulsión que le genera a la Señora el roce de las manos de su servicio.

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Pero pasados varios minutos, un ruido saca del juego morboso de vejación a estas dos mujeres para traerlas a realidad y decirle al público que la Señora que humilla y es humillada por su criada no es otra que la también criada  Clara que ha asumido el personaje de su patrona para exorcizar sus demonios, para  acusar y ser acusada de las actuaciones de la ama de la casa.

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Existe odio mutuo entre las hermanas, ambas quieren deshacerse de la Señora, una la quiere envenenar y la otra la quiere estrangular, pero ninguna se atreve y por eso también se odian entre sí, porque saben que no tienen la fuerza de voluntad para tomar la justicia en sus manos, y por ello deben recurrir a este juego de roles, pero sin concretar el final.

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Aparece la Señora y vemos que no es la imagen que nos han pintado Clara y Solange. Es una mujer agobiada por los problemas – el marido está preso por unas denuncias anónimas – pero busca que sus criadas estén bien protegidas y hasta las considera “sus hijas” ya que no  tienen más familia.

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Pero como nada es lo que parece, debajo de esa capa de bondad, la Señora es mezquina con sus criadas, las ofende con dulces palabras y se hace la desentendida cuando las humilla por su condición social, al querer regalarle sus vestidos  de gala, para ella entonces renovar su guardarropa.

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La Señora debe salir al enterarse que su marido es puesto en libertad, y ajena a las maldades de sus criadas, las deja en la casa mientras ella va al encuentro del amor, sin saber que las denuncias contra su esposo fueron anónimos escritos por Clara.

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Al fin solas, las hermanas retoman sus roles y tras momentos de insulto, humillaciones mutuas, Clara logra su cometido al asesinar a su señora, aunque en el camino deba suicidarse por estar asumiendo el rol de la ama de casa, y Solange derrotada ve como su hermana menor logró el propósito que ella no pudo terminar, y decide poner fin también a su vida, como si fuera un pacto suicida. Ambas hermanas – criadas se despiden de este mundo, y de su odio/amor a su señora, que estará ausente de todo, y como dice el chiste, nunca sabrá qué motivó a sus “casi hijas” a tomar esta decisión.

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Tanto Quintero, como Armas  muestran la locura y el odio que pueden tener dos seres humanos entre sí y para con quien es su patrona. Asumen el reto de convencer al espectador de esos sentimientos negativos  que destruyen a cualquiera, pero en medio de esa negatividad, hay un momento de verdadera hermandad – o tal vez algo que se asemeja más a una relación Madre/hija-   entre ellas, aunque no lo suficientemente fuerte como para evitar su destino.

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Las dos actrices llevan el peso de la obra y mantienen al público atento a lo que sucede en escena, a las maquinaciones y el duelo verbal entre hermanas, y entre señora/criada, cuando juegan sus roles más descabellados, demostrado que ambos personajes sufren de esquizofrenia.

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Lya Bonilla nos muestra a una Señora con una aparente frivolidad en sus ademanes, en su comportamiento, como esas mujeres que solamente están pendientes de sí mismas y su vestuario, cuando por debajo resultan unos seres que tienen en su ADN la humillación velada a quienes no son de su estrato social, esa vejación contra la servidumbre.

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La dirección es limpia, con movimientos coreográficos, que mueve a las actrices por todo el espacio, sin dejar lugar por recorrer y con muchos acercamientos de las actrices al proscenio, para que los espectadores puedan captar la intensidad de las actuaciones y los parlamentos.

La escenografía, también diseñada por Guillermo Díaz Yuma, junto a la iluminación, de Rhazil Izaguirre, crean una atmosfera azul celeste, de tranquilidad, como de un sueño, uno limpio con final feliz,   que contrasta perfectamente con la realidad de lo que sucede en escena.

Realidad más allá de la imaginación

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La obra “Las Criadas” fue escrita por Jean Genet en 1947,  inspirándose en un hecho real que conmocionó a la opinión pública francesa. Dos hermanas  asesinaron cruel y brutalmente a la señora Lancelin y a su hija, para quienes trabajaban como empleadas domesticas.

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Las hermanas Christine y Léa Papin asesinaron, el jueves 2 de febrero de 1933,  con brutalidad y aparente falta de motivo a estas dos mujeres y luego se inculparon, se negaron a ser defendidas y fueron condenadas a treinta años de prisión”. Genet parte de este suceso para componer su drama, que fue estrenado en París el 19 de abril de 1947.

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Una reseña del diario  El País de España señala que “jamás se descubrió móvil alguno del crimen. El fiscal basó su alegato en la imagen de dos perras rabiosas que muerden la mano del amo que les da de comer. Los defensores coincidieron en la rutina de irresponsabilidad por demencia. Los jueces, perplejos, impotentes, se vieron forzados a sentenciar sin convicción, en la misma frontera del absurdo: pena de muerte, conmutada por reclusión en un manicomio, a Christine, y 10 años de cárcel a Lea. Las hermanas no quisieron recurrir la sentencia y se negaron en rotundo a dar las gracias a sus abogados defensores. Su madre, que las puso a trabajar como criadas desde la adolescencia, fue a visitarlas a la cárcel. Sus hijas no se inmutaron, no contestaron a ninguna de sus preguntas y la llamaron madame, como a la señora Lancelin. En el manicomio de Rennes, donde la internaron, Christine se negó a comer y, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, murió de anemia. Su informe se perdió en el incendio del manicomio, a causa de un bombardeo de la aviación aliada durante la ocupación nazi. Lea salió de la cárcel el 3 de febrero de 1943, décimo aniversario de su crimen. Sus huellas se pierden por completo en los ojos del guardián de la prisión, que fue el último en ver su menuda figura enlutada alejándose de allí con una maleta en la mano”.

Hay más para ver

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Los asistentes podrán,  además, ver  la exposición fotográfica colectiva “Criadas / Mucamas / Choferes / Actores / Confesores y otros seres del servicio de adentro” con trabajos de Eugenio Calatrava, María Ignacia Querida, Hermes Polytropos, Jack Tripper y DJ Mojojo.

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Las funciones de Las Criadas son viernes y sábados  a las 7:00 p.m y domingos a las 6:00 p.m en la sede de Centro de Creación Artística TET ubicada en la urbanización Valle Abajo (al lado de la basílica San Pedro). Las entradas tienen un costo de Bs.60 (General) y Bs.40 (Estudiantes y tercera edad) y están a la venta en la taquilla.

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“Las Criadas” nos permite asistir a un ritual, a una ceremonia en la que están permanentemente interrelacionados la realidad y el deseo; el de los poderosos y el de los oprimidos. Se usan vestidos precisos y palabras que cumplen un valor místico, de liturgia, que al decirlas llevan  a un proceso de liberación, aunque no de perdón.

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El servilismo, el odio racial, la búsqueda de un final “feliz” a la prisión que representa vivir en una casa donde no se es más que la “criada”  son situaciones que nos hablan de intolerancia, una que los venezolanos llevamos tiempo padeciendo, y que verla reflejada por el Grupo TET no hace sino poner de manifiesto aquello de  “la realidad supera la fantasía”, o esa es mi Visión Particular.

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