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El tiempo no todo lo cura, a veces incrementa el dolor

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El rostro severo, pero no molesto, de un hombre mira por encima de ellas, las cuida, vela por las hijas, porque aunque son hermanas, no se llevan bien.

El hecho de quPhotobuckete Enriqueta y  Amelia sean familia no impide que guarden un secreto, uno que puede afectar a  Gustavo Adolfo, el hijo de una de ellas, o de ambas, por eso es un secreto que nadie debe conocer, porque han luchado por años para mantenerlo.

Una traición, una sequía femenina han hecho que dos mujeres se aíslen del mundo, uno que sospecha o sabe entre voces lo que ocurre en esa casa de Chacao.Photobucket

“¡Qué horror! ¡Qué horror!” Clama Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento, paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del mortuorio reciente. “Ya me lo decía el corazón. No era natural que tú te desesperaras tanto por la muerte de Adolfo. Si parecía que eras tú la viuda y no yo. ¡Y yo tan ciega, tan cándida! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando? ¡Traicionada por mi propia hermana!”Photobucket

Este es parte del  texto que Rómulo Gallegos escribió para “La Hora menguada”, un relato corto que – por su intensidad e historia – ha sido llevado a la televisión (es recordada la interpretación de Doris Wells y Marina Baura para el ciclo Gallegos de RCTV) y versionado al teatro.Photobucket

Es una historia dos mujeres unidas por un mismo destino, o una misma vida, un hijo, que ahora cobró vida en las pieles de  Carolina Leandro como Enriqueta y Claudia Nieto en el papel de Amelia, quienes formaron parte de la lectura dramatizada, de la versión de Cesar Rojas “Menguada la hora”, que dirigió Consuelo Trum, como parte de los homenajes a  Gallegos con motivo de su 128 aniversario de nacimiento, un 2 de agosto.Photobucket

La sala donde se presentó esta lectura es el ahora espacio de usos múltiples del Centro Rómulo Gallegos (Celarg), que está donde se encontraba el restaurante Vizzio.

El espacio es pequeño, para unas 40 personas más o menos, lo que le dio a esta lectura – montaje  un espíritu íntimo, apropiado para la obra, ya que estamos escuchando y viendo una lucha entre hermanas, una que domina y otra que se deja someter, todo en nombre de un bien común que  es  Gustavo Adolfo, el hijo natural de Amelia, pero que fue reconocido por Enriqueta como si fuera suyo y de su difunto marido, quien en realidad sí era el padre biológico.Photobucket

Las actrices se lucen en esa espera por el hijo que regresa, de dónde no importa, tras alejarse del hogar al saber la verdadera historia de su nacimiento.

Ellas saben que lo alejaron con sus odios, pero igual están ahí, a la espera, y mientras – al igual que los personajes que aguardaban a Godot –  estas hermanas aprovechan para “sacarse los trapitos” y recriminarse el odio que han mantenido en sus senos durante casi 20 años.Photobucket

La acción intima que desarrolla  Trum en el montaje, aunado al espacio reducido, hace que lo importante de la obra no sea el movimiento actoral, sino la intensidad del texto y su interpretación, mientras detrás de las actrices está un cuadro de Rómulo Gallegos, como el padre que todo lo ve, que todo lo sabe y que aprueba o no las acciones de sus hijas, porque al igual que los personajes que buscan a Pirandello,  Enriqueta y Amelia necesitan decir cosas y expresar sentimientos que reflejan una época, que Gallegos supo dibujar en sus cuentos, novelas y ensayos.Photobucket

Las dos actrices se compenetran y se sirven de apoyo para decir el texto e interpretar esa relación de amor –  odio existente entre las hermanas, que solas deben criar a un hijo por el que sienten amor. Hay un balance en las actuaciones, sin que ninguna opaque a la otra,  ya que el texto permite que cada una se pueda lucir y también sirva de apoyo a su compañera.Photobucket

“La Hora menguada”, el cuento de Gallegos es un relato breve que recrea la vida del qué dirá de principios del siglo XX, en su versión para teatro adquiere un sentido más amplio, da mayores detalles, hace el nudo dramático más extenso y mantiene al espectador con la mirada en lo que sucede en escena, aunque no se deja de reconocer que la trama es algo predecible, pero no por ello está mal escrita, ya que mantiene la tensión en el espectador.Photobucket

Ellas siempre tienen un puesto en la mesa para el hijo, el portón siempre está abierto durante las noches, pero él no volverá, tal vez murió, pero en la mente de las hermanas, Gustavo Adolfo aún es:  -¡Mi hijo! ¡Mi hijito! y  -¡Muchacho! ¡Muchachito!, mientras el que sería el abuelo:  Rómulo Gallegos sigue viendo en sus creaciones una lucha interna, un reproche que no para, porque aunque la historia se detuvo el día que ese muchacho supo la verdad y se alejó para no volver,  sigue repitiéndose  para que otros la conozcan, la lean, la lleven a escena y recuerden cómo era Venezuela, en una época, o que tal vez sigue siendo así en nuestro días, porque el dolor, las culpas, los reclamos no son de un tiempo preciso, no se detienen como un reloj, siguen y siguen, hasta comernos  – como cronos a sus hijos- quitándonos la vida o haciendo que la existencia sea solamente un mal recuerdo de un pasado mejor.

 

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