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Te escribo y no me contestas

… (No queremos “aprender” de la historia…)

 A propósito de “Cartas de Amor a Stalin”

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Liu Xiaobo, ganó el premio Nobel de la Paz en el año 2010, pero no pudo recoger su galardón porque está encarcelado y el gobierno chino no permite que salga del país.Photobucket

“Mo Yan”, que significa “No hables” en Mandarín, es el seudónimo que usó Guan Moye, ganador del Premio Nobel de Literatura 2012,  para expresarse en plena Revolución Cultural China y poder escribir.Photobucket

En un caso y en el otro el gobierno chino ha reaccionado de distintas maneras. Con el Nobel de Literatura todo fue loas y entusiasmo, mientras que en el caso del Premio a la Paz se consideró una injerencia occidental en sus asuntos

Estas dos situaciones  pudieran pensarse que son casos aislados de la reacción de un gobierno frente a los intelectuales, a quienes disienten de los regímenes, principalmente los de izquierda. Pero resulta que la historia nos abofetea para recordarnos que todo es cíclico y quienes no aprenden de los hechos están condenados a repetirlos.

Lo que sucedió en China en uno y en otro caso, tiene réplicas  en muchos países. En esta ocasión me referiré a uno que ideológicamente se parece al modelo chino, aunque eso no descarta que en otros sistemas no puedan darse situaciones similares,  en cualquier momento de la historia.Photobucket

Para contar – o más bien refrescar – la historia de la memoria occidental, usaré la vida de Mijaíl Bulgákov – autor de “El maestro y Margarita”, “La guardia blanca” y “Corazón de perro”, entre otros – y  su relación con el poder que representó José Stalin,  en Rusia.Photobucket

No es coincidencia que escoja a este autor y su época ya que la analogía viene de la mano de Guillermo Heras, director de la pieza teatral “Cartas de amor  a Stalin”, del dramaturgo  español Juan Mayorga, que por estos días se presenta en el Teatro Casa de la Paz de la ciudad de México.Photobucket

La obra narra la historia de tres personajes, Mijaíl Bulgákov, su esposa Bulgákova y Joseph Stalin.

Bulgákov sufrió censura durante el régimen de Stalin (1879-1953), al prohibir toda posibilidad de publicación y montaje de sus obras, por considerar que eran perjudiciales al Régimen gobernante.Photobucket

Interpretado por Juan Carlos Remolina, Bulgákov  llega a la desesperación al no conseguir trabajo – es considerado un “Paria”, un “Apátrida”, un “Traidor” por expresar sus ideas – y decide escribirle una carta a Stalin, misivas que se van extendiendo en el tiempo sin recibir una respuesta… hasta un día.

Suena el teléfono y contesta Bulgákov. Es el propio Joseph Stalin – aparentemente – el que del otro lado busca tender puentes con el escritor, que en una de sus cartas escribió: ¿Puede un escritor ruso vivir fuera de su patria? por eso le pide “que considere que, para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo”.Photobucket

Stalin quiere mejorar la relación con el escritor y cuando se cree que harán una reunión para verse las caras y limar asperezas se corta la comunicación.

Desde ese momento Bulgákov no se separará más del teléfono en espera de una nueva comunicación con el Poder, mientras sigue escribiendo cartas, sin dejar de exponer lo que en realidad piensa, mientras su esposa  Bulgákova – interpretada por Gabriela Núñez – es la compañera leal, que permite al ilusionado escritor tener pies en tierra, es el ancla que lo amarra a la realidad. Este personaje recuerPhotobucketda mucho al interpretado por Flor Elena González en la obra Yo soy Carlos Marx, de Gennys Pérez, porque es la razón en medio del delirio de los personajes masculinos. Esa parece ser una constante en  el teatro actual latinoamericano, la mujer es la razón;  el peso ante los disparates que cometemos los hombres, llámense Bulgákov o Carlos Márquez, que se cree su alter ego  Carlos Marx.Photobucket

De tantas cartas que envía Bulgákov a Stalin la salud mental del escritor comienza  a fallar y mientras la esposa busca caminos legales para lograr salir del país, él comienza  ver en sueños a Stalin – interpretado por Luis Rábago, con gran parecido físico al dictador ruso –  y comienza una lucha mental por lograr la carta “perfecta” que haga a Stalin autorizar la salida de Rusia del escritor y su esposa.Photobucket

Para lograr escribir aquella carta que ablande a Stalin, Bulgákova le entrega  su marido la misiva que usó otro autor disidente a quien el Dictador dejó marchar fuera de Rusia. Pero Bulgákov no quiere ceder en sus principios y se reúsa, mientras la inspiración le llega para escribir una obra sobre el Diablo. Este texto no es del agrado del Stalin imaginario quien sigue empeñado en que el escritor redacte esa carta que le permita salir de su nación.Photobucket

Juan Carlos Remolina sufre la transformación del personaje,  de ser un hombre alegre y bien vestido pasa a no querer salir de casa no cambiarse la ropa ni bañarse, sumido en su desesperación al no encontrar las palabras que lo saquen del anonimato y la exclusión a la que ha sido sometida su persona por sus pensamientos. Pero  como la mente es caprichosa, las ideas llegan a su cabeza para escribir una obra de teatro sobre el Diablo, que no es otro que el propio Stalin.Photobucket

En ese punto es donde está, a mi parecer, la trascendencia de la obra escrita por  Juan Mayorga ya que a pesar de la exclusión, del marginamiento, Bulgákov es fiel a sus principios y no importa la censura, siempre se encontrarán maneras de decir lo que las almas libres sienten, así uno deba pasar tensiones, padecimientos o incluso el exilio, porque como señala uno de los textos de Bulgákova: “lo importante es que estemos juntos. Donde sea, Mijail, donde tú, quieras, con tal de que estemos juntos”, porque no hay mayor amor que el de una pareja que sin importar el lugar puedan seguir unidos, expresando lo que algunos gobiernos no quieren oír.

Poco es más

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De la puesta en escena de Guillermo Heras hay que resaltar la sencillez en escena, con realización de escenografía, del Taller de Escenografía CNTeatro, porque esta es una obra de texto, no de grande efectos. Llama la atención una imagen que representa a Moscú, en medio de un escenario simple, con pocos muebles, oscuros, que gracias  a la iluminación, de de Kay Pérez,  van dandoPhotobucket el clima que se desarrolla a lo largo de las casi dos horas de representación.

El vestuario, de Estela Fagoaga, ubica no solo la época en que transcurre la pieza teatral, sino que marca el estado psicológico de los personajes, principalemnte el del escritor atormentado. El uniforme de la Naval que usa Stalin ayuda a crear esa personalidad del Dictador.Photobucket

Las actuaciones son equilibradas, ninguno  opaca al compañero. Remolina muestra diversas facetas de la psiquis cambiante de un hombre en su desesperación por ser aprobado por el régimen de turno, su desgaste mental y emocional, mientras que Núñez ofrece ese rol de  la mujer que está al lado de su compañero de vida, lo impulsa y hasta lo apoya haciendo las veces de Stalin para que su marido se inspire a la hora de escribir, hasta que, como lamentablemente pasa en muchos casos, ella debe definir su propio bienestar antes que el de la pareja.Photobucket

Rábago logra representar al “tirano rojo”, demostrado quién tenía el poder absoluto en esa época en Rusia, cuáles eran los intereses del Gobierno, su desprecio por quienes consideraba inferiores, entre ellos las mujeres, por la manera en que se refiere a la esposa del escritor, pero sin olvidar el sarcasmo, la ironía y no cierta dosis de humor, negro eso sí, pero humor al fin, que suelen  usar quienes se creen por encima de los demás y sentirse todopoderosos.Photobucket

Al salir de la obra uno no puede dejar de hacer similitudes, comparaciones y tiene que referirse a realidades que le son conocidas y hay que mencionar casos en Venezuela  como el de intelectuales como Pedro León Zapata, Orlando Urdaneta o Laureano Márquez que han sido perseguidos por sus ideas, en un país que se llama “democrático”.Photobucket

Creer que lo que pasó en otras épocas es un mal recuerdo y que eso no sucederá ya que “el pueblo aprendió y ahora es el que tiene el poder” es el camino para terminar como los uróboros – la serpiente  que muerde su cola –  porque serán pueblos condenados a repetir la historia, tal vez no la propia,  pero sí una que otros ya han experimentado, por eso es que el refrán menciona: “nadie aprende en cuerpo ajeno”, o esa es mi Visión Particular.

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