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Juegos de lectura para quienes no saben qué leer

Another place Another time

Calles de Fuego – Walter Hill

Para escuchar mientras leen (Piel de Mujer – Paco Rentería)

 photo 2_zps4d92ea08.jpgHace unos meses alguien me preguntó ¿qué leía? Yo con la “sinceridad brutal” que a veces me caracteriza le dije: leo tu piel.  Ella con la “ingenuidad” propia de quien no entiende, o de quien entiende en demasía, quiso saber a qué me refería.

 photo 1_zpsfb27f578.jpgPara contestar una pregunta de ese tipo uno requiere de todo el sentido poético y  sincero posible. He de reconocer que carezco de las habilidades de los trovadores o de los bardos, así que – como pude – transmití lo que quería decir mencionando la suavidad de la piel de esa persona,  su figura, hice un recorrido desde sus pies  hasta su espalda, pasando por sus caderas, tratando de detallar lo que ella representaba para mi, cada vez que podía, o que me dejaban, recorrerla, para sentir su calor, y su temblor al ser tocada.

Desconozco si esa respuesta, algo más larga de lo descrito, colmó la curiosidad de quien hizo la pregunta, lo cierto es que el tema no volvió a ser mencionado.

 photo julio-ramon-ribeyro-texto_zps5da2f7ca.jpgPor esas cosas de internet y del constante leer me topé con un escrito de Julio Ramón Ribeyro titulado “Conocer el cuerpo de una mujer”, perteneciente a “Prosas apátridas”. Biblioteca Breve Seix Barral (2007).

 photo 7_zps24ff633d.jpgLo primero que expone  Ribeyro es que “conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y tan encomiable como aprender una lengua muerta”.

Ya con ese inicio uno puede suponer la importancia de que la otra persona se deje “leer” para así conocer más a quien es el objeto de nuestra lectura.

 photo 5_zpscddfb497.jpg“Uno empieza por tener acceso a la mano, ese apéndice utilitario, instrumental, del cuerpo, siempre descubierto, siempre dispuesto a entregarse a no importa quién, que trafica con toda suerte de objetos y ha adquirido, a fuerza de sociabilidad, un carácter casi impersonal y anodino, como el del funcionario o portero del palacio humano. Pero es lo que primero se conoce: cada dedo se va individualizando, adquiere un nombre de familia, y luego cada uña, cada vena, cada arruga, cada imperceptible lunar. Además no es sólo la mano la que conoce la mano: también los labios conocen la mano y entonces se añade un sabor, un olor, una consistencia, una temperatura, un grado de suavidad o de aspereza, una comestibilidad”.

 photo 4_zps312bf9f2.jpg“¿Y qué decir del brazo, del hombro, del seno, del muslo, de…?”, cuando un escritor sabe las palabras que debe utilizar, los simples mortales podemos veros reflejados en esos sentimientos, porque como le recuerda el cartero Mario Ruppolo a Pablo Neruda en Il Postino, la adaptación teatral y cinematográfica de “Ardiente Paciencia” del chileno Antonio Skármeta, “la poesía no es de quien la escribe, es de quien la necesita” y muchos hemos recurrido a ella para expresar lo que no sabemos decir de manera propia.

Estos breves párrafos del relato de Ribeyro sirven precisamente para eso, para brindar a otros la posibilidad de decir lo que se desea manifestar cuando en realidad no tenem photo 6_zpsf1025773.jpgos palabras para hacerlo, aunque el sentimiento esté presente.

PD. Mi relato puede ser real o no, eso poco importa, pero si alguien se siente identificado está en la libertad de tomarlo para sí y usarlo. De todos modos, si esa “supuesta” persona llega a leer que fue el motivo de este pequeño artículo, tal vez se sonroje, o tal vez ni llegue a enterarse de mi Visión Particular sobre su piel.

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